Era invierno. No se como llegué ahí. No estaba solo. El lugar era extraño. No habia nada. La situación era tétrica, pero me causaba risa.
Ella estaba desnuda. Era blanca, pecosa. No sólo su negra y larga melena, cuyo pelo le caía hasta los hombros, la hacían perfecta...era un sueño. Sin darme cuenta ya estaba encima de ella, con sus rendondos y grandes pechos en cada una de mis manos, apretandolos. No se si fue ella la que vino a mi, o fui yo el oportunista.
Estabamos en un rincón de la casa. Las paredes húmedas y gastadas, no fueron impedimento para que nos acostaramos en una de ellas. El piso mojado, nosotros descalzos; las goteras cantando, nosotros besandonos.
Con su permiso, salte de su boca a sus suaves y duros senos. Me sentía un niño, incluso hubo un momento en que descance en ellos. De ahí corrí hasta su despejada y atenta pelvis...acto seguido
¡DESPIERTA MIERDA!
