Ana y yo nos conocimos una noche de enero.
Nos saludamos, no se qué hora, en la entrada de la única disco del pueblo. Ambos ya ebrios y perdida la vergüenza y la timidez nos hablamos...ella para pedirme un cigarro, yo para que me convidara un sorbo de vino, de ese vaso que ella sostenía con coquetería con su delgada mano derecha.
Después del trueque y la conversación necesaria para provocar la transacción, ambos nos dijimos adios y la despedida estuvo coronada por un beso que, con doble intención rozo su boca y su tostada mejilla.
Ana me mira, es morena, de negra melena, de redondos y levantados pechos, los que van al descubierto, al igual que todo su cuerpo. Abrazados en un rincón, de la que debe ser una casa abandonada, cuyas húmedas y gastadas paredes no son un impedimento para que nos apoyemos en una de ellas. Descalzos, en el piso mojado, nos besamos. Sin reparos y con su permiso le beso sus duros pechos, al instante recuesto mi majilla en ellos…
Le beso la curvilínea cintura, mientras ella deja suelta su cabeza hacia atrás y su pelo baila feliz, le aprieto con fuerza y procedo con galantería a poseerla. Entro y salgo rápido, y de pronto, muy lento y suave. Ella se queja femenina…no la quiero, sólo la deseo, mas la conozco.
Era sábado, pasadas las doce de la noche. Desperte por la helada brisa que entró de improviso por la ventana del dormitorio. Apoyé mi cabeza en el respaldo de la cama, mientras intentaba acordarme de donde estaba. Enciendí la luz de la lámpara, y sin darme cuenta, ya estaba en el baño duchándome. Cuando ya me vestía, escuche que me gritaron desde la sala que me esperarían en la playa. Antes de salir de la casa, que ese verano arrendamos, me tomé un vaso de bebida al seco y me fume la mitad de un pito.
Cuando llegué a la playa, caminé con mis amigos al cumpleaños de alguien que nunca conocí. Cuando llegamos la fiesta recién comenzaba.
Tres parejas bailanban poco entusiasmadas, mientras el resto –apilados en las esquinas de la sala- conversaban y reían. Esto sigue así...
Entre la concurrencia se pasea una de mis amigas quien reparte, de bandeja en mano, algunos tragos.
Ana se sirve, con lentitud un wisky. Está sola y fuma y bebe. Se para del cómodo asiento y camina hasta el otro lado de la sala, en la búsqueda de otro trago y un compañero que la invite a bailar. Se acomoda su pollera y pone detrás de su oreja derecha, el elegante y distinguido mechón negro que le cae frente a sus claros ojos verdes.
Está delgadísima y tiene un aire fresco, como recién salida de un centro termal. Hoy se nota altiva y de estirpe, con roce. Lleva un collar de brillantes semi ajustado. Sus aretes van pegados a su pequeñas y redondas y curvilíneas orejas. Ana bordea los 35 años y, no cabe duda de que debe estar en su mejor época, pues arrugas casi no tiene,luego sus pómulos altos y sus labios achocolatados, la convierten en la chica más atractiva del evento, el que ya empieza a tomar fuerza.
Se detiene al lado de una pequeña mesa para retirar, con sumo cuidado y delicadeza, un ínfimo pan de molde con pasta de centolla. De pronto, comienza asonar una música de entretenimiento. Ella avanza de prisa unos pasos e invita a bailar a un tipo. El joven intenta tomarle la mano para acompañarla hasta el centro de la pista, pero ella se niega.
Ana baila con desordenada alegría. Además disfruta de sus movimientos y, tal como disfruta el hecho de que hombres la miren con deseo y mujeres con envidia, Ana es el centro de la fiesta. Ella se da cuenta, lo intuyo, a pesar de lo poco que la conozco. Disimulada, baila libre. Tal como cuando uno baila solo en el dormitorio con la música a todo volumen.
Los sonidos electrónicos la motivan a mover sus moldeadas caderas. Su espigada y huesuda espalda, que su top deja al descubierto, cautiva hasta el más despistado. Sus largas piernas, sobre esos negros tacones puntiagudos, se menean sincronizadas y seguras en el centro de la pista, convirtiéndola en la más famosa y lucrativa modelo que jamás ha pisado este pueblo.
A estas alturas ella ya se ha tomado un martini seco, dos copas de vino y dos de champaña, y ya ha provocado que mis más hondos deseos carnales me lleven a invitarla a salir de la fiesta.
Eran las tres de la mañana y los invitados borrachos, comienzan a retirarse rumbo a la playa. Ana me mira en silencio, saca un cigarrillo de su diminuta cartera, lo prende, toma su vaso de wisky y salimos. Con su voz suave, juvenil y fresca, como recién salida de un baño de limón con miel, me invita a que nos perdamos en la oscuridad de la playa.
